El oficio de tener fe
La fe es la esperanza que nos impulsa a seguir adelante, y la Churona representa ese amor que une, conmueve y fortalece el corazón de los lojanos.

Tengo una bestial admiración por la fe. Siempre he sido un poco ingenuo frente a la audacia de la picardía y los malabares de la ironía. Recuerdo que, de niño, me decían que arrodillarme frente al Divino Niño podía absolver mis pecados. Yo obedecía, aunque nunca terminé de entender cómo funcionaba aquel pequeño protocolo celestial.
Con los años comprendí que mi fe no estaba en la imagen ni en la promesa de un milagro, sino en algo mucho más entrañable, el saber que mis padres creían en algo. Que, incluso cuando la vida no ofrecía respuestas tangibles, encontraban en esa creencia una manera de amortiguar sus desvelos, reconciliarse con sus incertidumbres y hacer más habitable y armónica la existencia. Puede ser que creer en algo, por pequeño o inexplicable que parezca, sea también una forma de no capitular y ceder ante la nada.
Pero, después entendí que la fe no siempre necesita templos ni intermediarios o un perfil con mil seguidores. A veces consiste en presentir que algo puede suceder, incluso cuando las circunstancias parecen empeñadas en llevarnos la contraria. Es una suerte de esperanza sin garantías, una posibilidad de encontrar la salida del ojo de la tormenta; el de atravesar la espesura de la selva, sus rápidos filosos y sus aguas en remolino, sin extraviar la voluntad de llegar a la otra orilla.
Por eso, hoy, al mirar a tantas personas reunidas en oración, reflexión y comunidad, pienso que la fe desborda los márgenes de la religión. Y entonces escucho esas voces que se cruzan en el camino: «Ya vine dejándola», «ya la cargué», «la dejé en la cruz», «te veo en la Y», «estoy cerca de Catamayo». De fondo suena la armonía de una banda que acompaña el peregrinaje. También hay cansancio, polvo, sed, pasos, promesas y una devoción que no necesita demasiadas explicaciones. Sí, esa fe es Churona. Tiene acento lojano, kilómetros en los pies y una manera muy particular de conversar con lo sagrado. A lo mejor Dios también tenga que aprender a ubicarse por las referencias de la carretera y los poemas escritos a tiza que en las Artes se dibujan en la acera.
Tal vez la verdad tenga su propia belleza, pero la esperanza posee caminos para mantenernos en movimiento. Y no hace falta atribuirla a una divinidad. A veces basta con creer en la voluntad de seguir, en la posibilidad del encuentro ante esa espontaneidad, en esos latidos que persisten a pesar de la distancia.
Y entonces pienso que la fe es ese pequeño delirio que nos salva de la absoluta sensatez de rendirnos. Esa hermosa imprudencia de seguir creyendo cuando no hay garantías, de poner el cuerpo, los pasos y hasta las rodillas en aquello que nos conmueve. No sé si los milagros existen, pero he visto personas caminar kilómetros enteros por amor, cargar una imagen a la espalda, una promesa en las rodillas y encontrar en una multitud desconocida una familia momentánea.
Quizá por eso me conmueve tanto la Churona. No por lo que representa, sino por todo lo que despierta. Por quienes vienen de lejos y quienes salen a su encuentro, por quienes la esperan, por quienes le conversan como si fuera una amiga del colegio que conoce sus secretos, sus desamores, sus deudas, sus penas y hasta esos pecados que uno quisiera negociar con descuento celestial.
A pesar de todo cada quien tiene su manera de creer. Algunos necesitan una iglesia, otros una carretera, una canción, una fotografía, una persona o la certeza de que mañana todavía puede suceder algo bonito en la ciudad más bella del mundo. Yo sigo admirando esa capacidad humana de encontrar un motivo para continuar, incluso cuando el mundo parece empeñado en destruirnos la existencia.
Y si la fe tiene algo de locura, bienvenida sea esa locura que reúne, que acompaña, que hace caminar y que nos recuerda que no estamos hechos de certezas, ignorancias y academias. También estamos hechos de afectos, de ausencias, de deseos y de esperanzas que a veces no caben en ninguna explicación.
Quizá creer sea eso, dejar una pequeña ventana abierta para que entre lo extraordinario. Aunque venga caminando, con una banda detrás, polvo en los zapatos y una Churona en el corazón, en el escapulario pero sobre todo en el camino diario.







