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Opinión (O)

El cóndor

El cóndor del Escudo Nacional denuncia que la celebración de Halloween está desplazando nuestra historia, nuestros símbolos patrios y la identidad ecuatoriana, e invita a recuperar el orgullo y la dignidad nacional.

ALEJANDRO GALLEGOS ROJAS
ALEJANDRO GALLEGOS ROJAS

Yo soy el cóndor, no el pajarraco que está empaquetado en una biblioteca, empolvada, apolillada hasta por el olvidado olvido. Cada 31 de octubre presencio mi propio funeral, mi propio entierro cívico. De nada sirve que conste en el calendario patrio, cuando me han cambiado por fantasmas, por zombis, por brujas con carcajadas rotas, vacías, que dan pena, con calabazas hambrientas que devoran el cinismo, la hipócrita hipocresía de un país sin identidad, sin autoestima, sin memoria, con amnesia colectiva.

Y ustedes, ni siquiera se conmueven por mí. Yo que soy el símbolo de la República, que soy testigo del nacimiento de este maltratado país,con terrorífico terror que hasta la pareja presidencial se disfrace con máscaras para granjearse la simpatía de las vitrinas comerciales, dándole protagonismo a las malas energías, a los espíritus infernales, a la muerte antes que a la vida.

Entonces, qué se puede esperar de esta falsa identidad nacional que ya no nace desde el pueblo sino que bajo disfraces espantados, tenebrosos y apurados, con absoluta ligereza es decretada desde Carondelet. Yo soy el cóndor qué con mis alas desplegadas se levanta erguido en el Escudo Nacional. Ustedes prefieren el "truco o trato", -el "Trick or treat"- de una costumbre anglosajona que no nos pertenece, y la han hecho suya hasta en escuelas, en colegios que siguen adormecidos ante un sistema educativo: indolente, caduco, carcomido por la falta de patriotismo, arrodillados ante el Dios transnacional de los malls o centros comerciales, pero el culpable es la idiosincracia devorada por el consumismo voraz, que despedaza hasta la dignidad de la madre patria, relegándome a maqueta fragmentada y vil, convertida en vergüenza nacional.

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Y duele, cómo me duele hasta las alas rotas, las garras desgastadas, el pico herido que me cuesta sostenerme por todas las barbaridades, las aberraciones que han cometido al irrespetarme como si yo no existiera. Yo sé que me estoy extinguiendo, muriendo, por lo mismo, al menos entiendan que soy parte viva de ustedes, del Escudo Nacional. Seguro creen que no les pertenezco, me ven lejano, inalcanzable, a lo mejor solo soy una parte más de la decoración de paredes manchadas de instituciones públicas que algunas se caen despellejadas por la corrupta corrupción... No entiendo por qué se disfrazan de monstruosos monstruos como si fuera su verdadera identidad, su oscuridad o claridad y lo hacen a propósito hasta como un insultante insulto que remueve las tripas, y estremece hasta las hojas. Cada rama de laurel y de palma que sostengo costó el sacrificio de generaciones que no dudaron de defender su sagrado suelo. Y no es que sea chauvinista. No lo soy, me han desplazado, me han arrojado como deshecho inservible a la basura. Reivindíquenme en la memoria social. ¡Que despierte el rugido bravo del Chimborazo y el cauce del río Guayas, que fluye para remojarnos e inundarnos los sueños, despertando la conciencia de quienes verdaderamente son y somos, y reprendernos por lo que dejamos ser y hacer.

Yo no necesito disfrazarme de muertos, de sombras, de gusanos, de ratas. Yo soy de ustedes y para ustedes, pero no me aceptan, me rechazan. Yo llevo la libertad en mis alas, en mis genes, en mi sangre... Me indigna por qué celebran más con orgulloso orgullo la noche de brujas; esa mala noche de las pesadas pesadillas donde vomitan los gusanos pastillas adoloridas, que se tragan y se atragantan en gargantas enrojecidas, enmudecidas por silencios trastornados y bullangureros en el cementerio...

Esto es el festín globalizado el simulacro de una fiesta nacional que escupe sobre la historia, profanando la tumba de sus héroes, de sus heroínas y de sus antepasados. Aún están a tiempo para que no me condenen al exilio de las oficinas públicas. Para eso han quedado y he quedado, dejándome en la desolada desolación, a la intemperie de las carcajadas de la muerte... Mejor desaparezcan de mi vista con su peor disfraz, para no reconocerlos ni en el espejo trizado en miles de pedazos, que se hacen roca en la mirada hueca de la tempestad. Recuerden que no han podido conmigo. Por eso, antes de que caiga la noche, y baje el telón, les ofrezco la libertad de mi vuelo, de mis alas extendidas para rescatar nuestra identidad y restaurar la dignidad nacional.(O)

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