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Opinión (O)

METAFORA “un nudo en la garganta”

Las emociones intensas, como el miedo, la tristeza y el estrés, pueden provocar un «nudo en la garganta», reflejando la estrecha relación entre la mente y el cuerpo.

Humberto Tapia Escalante
Humberto Tapia Escalante

Si algo alerta la vida de los seres humanos, son las sensaciones, las cuales, por definición y acción, son aquellas que inician su descarga a partir de lo que los sentidos aportan (ver, oír, percibir, probar, sentir).

Esta cascada de estímulos desencadena sensaciones de las que no siempre hay evidencia demostrable para otros; sin embargo, esta vivificante relación del entorno con el organismo guía su día a día y marca su hacer o dejar de hacer por medio de esa señal interna de que todo está bien o de que algo no anda bien. ¿Quién mejor que cada ser humano para conocerse a sí mismo y saber en qué momento algo deja de ser cotidiano y se convierte en lo inesperado, lo extraño, lo incómodo, lo preocupante o lo alarmante?

Lo abrumador es una expresión que describe aquello ocasionado tanto por una acción como por una condición externa o interna, las cuales generan esa particular forma de sentirse; es decir, el entorno puede ser una condición intimidante, agobiante, entre otras, que desencadena una reacción fisiológica que se sentirá con diversas formas e intensidades. Pero también suele suceder que la fábrica de realidades afectantes no está fuera, sino dentro del ser: en la cabeza de quien, sumido en sus propios miedos, intereses, aspiraciones, planes o hasta contradicciones, le juega una extraña pasada. Así, su cuerpo físico, sin poder discriminar del todo la fuente de sus sensaciones, se hace notar a través de lo que se suele llamar una emoción contenida, la cual no es más que aquellas palabras que no se dijeron, las verdades guardadas o el llanto que se intenta evitar por vergüenza o contención.

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Sea la vertiente interna o la externa la que se haga notar de diversas formas, hay entre ellas una que, sin estar revestida del drama de exageradas palpitaciones, desvanecimientos o dolores, por su ubicación y la emocionalidad que la acompaña, convierte el momento en un episodio emocional profundo, cercano a la tristeza, el llanto, el miedo o hasta la rabia. Ahí está lo que mejor se describe como aquello que la cuerda en manos de un buen marino sabe hacer bien: un nudo. Aparece súbitamente y se deshace progresivamente.

Aquel que, por una noticia relatada, una vivencia personal o familiar, o una tragedia social, sienta que precisamente un segmento anatómico del cuerpo como la garganta —que por sus características permite el símil de que, cual larga cuerda, se anude (respuesta física: el sistema nervioso autónomo tensa los músculos de la garganta durante el estrés o la tristeza, un fenómeno clínico conocido como sensación de globo)— le brinda la sensación de una fuerte obstrucción que limita el paso de lo que habitualmente desciende con facilidad minuto a minuto en el diario vivir, no debe pensar que su vida misma está en riesgo, sino que esa dificultad que no encuentra alivio inmediato en la medicina, pero sí en la razón, debe ser intervenida oportunamente.

Del binomio cuerpo y mente, así como de su sutil o inexistente frontera, surgen manifestaciones que pueden silenciar la respuesta verbal de un dolor físico, pero que expresan con violencia lo que la mente clama.

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