Animanoides
Personas que se identifican con perros y otros animales buscan aceptación y reconocimiento social, en medio de cuestionamientos sobre la identidad humana y la necesidad de comprensión.

Recién recuerda que quedaron de encontrarse a esa hora, pero la impuntualidad los identifica. Ya no se preocupa, no les reclama. ¿Para qué? A lo mejor en el mundo de los verdaderos animales, la impuntualidad se castiga con el rechazo, la expulsión de la perrera, de la manada. Y aparecen más perros y perras por todos los lados, los costados... Se ladran entre ellos, se huelen, se olfatean a lengüetazos, mueven los rabos que no les pertenecen... Se creen perros, lo hacen por novelería, por llamar la atención de sí mismos, y de los otros que los miran extrañados, lo hacen también para que alguien los tome en cuenta. Están disfrazados como perros y perras, tal vez como el perro que siempre fueron. ¿No solo se creen perros, se sienten perros y perras?
Biológicamente son humanos, pero se consideran perros y perras, y otros tantos animales amaestrados de cuatro patas, con hocico, rabo. Como si su esencia humana les estorbara, les pesa demasiado. En su desahogo, expresan su doloroso dolor, su resentimiento espiritual contra ellos mismos, con el espejo de enfrente que los mira y se hace el que no los ve, el indiferente... Alguien les toma fotos, les filman. Enseguida comparten en las trastornadas redes sociales que están alborotando su vida, la de los otros, la de todos.
Están reunidos ahí, como un experimento, observatorio social, para que alguien les tome en cuenta. Los abracen, los aplaudan, los valoren. Necesitan mucho afecto, su autoestima está por el fangoso fango, por la alcantarilla, por los ladridos que los sienten suyos, pero que no les pertenecen. Y a su vez requieren de una psicoterapia holística, integral. En el parque donde se encuentran los perros y perras y otros humanosanimales, animaleshumanos, animanoides, a su manera gritan a grito herido, que nos pongamos en sus pezuñas, en sus sudores, en sus zapatos, en sus ojeras, en sus orejas... ¿Qué no los juzguemos?, que respetemos su otra realidad, su dignidad... ¿Quién nos entiende cómo humanidad?
Están ahí para llamar la atención, porque solo así caminando en cuatro patas, con máscaras, se sienten identificados con sus mascotas, con su otra identidad, con su otra patología. Lo hacen también como un mecanismo de defensa y hasta de sobrevivencia.
Los ciudadanos debemos analizar y reflexionar, ponernos en el lugar de aquellas personas, en sus familiares, que podrían vivir un calvario, -o a lo mejor ya no les importa, ya no les paran balón, o ya se acostumbraron-, pero no para criticarlas, sino para contenerlas, para abrazarlas, porque en su psiquis algo están viviendo, padeciendo... O seremos nosotros los enfermos, los que nos contentamos con nuestra indiferente indiferencia de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor y seguimos como si nada, porque no nos afecta. No es con nosotros. Y así creemos que solucionamos el problema.
Tal vez por eso, los perros y perras están reunidos para que alguien escriba por ellos y de ellas, que sean titulares en la prensa, en la radio, en la televisión, a lo mejor, eso es una parte de lo que buscan, debido que en sus hogares son incomprendidos, no entienden su otra realidad, sus otras sombras, que caminan deambulando para encontrar su propio cuerpo, su otro animal, su otro verdugo, su otro yo, desde la periferia, desde la ruindad, desde la miserable miseria, de las migajas que les arroja el camino. Esos son los síntomas, los traumas de una humanidad que perdió su camino.
Así vamos por la vida, una humanidad cada vez deshumanizada, confundida, trastornada, incomprendida, que prefiere ser animal, cualquier animal, animanoide, para seguir viviendo esta vida de perro o de a perro.





